.el dinero.
El dinero es un acuerdo consuetudinario, un artificio humano de intercambio, un símbolo. Sólo eso. Las cosas valen dinero porque alguien adjudica ese valor y los demás lo aceptamos implícitamente. Ese valor se regula, nos dicen, por las leyes del libre mercado. En el mercado existen figuras, normalmente anónimas o poco conocidas, que tienen asombrosas cantidades de dinero y poder. Los movimientos de esas figuras configuran los rumbos y directrices del mercado a escala global, de lo que obviamente se desprende que el mercado del dinero no es libre, sino controlado desde la sombra.
Si una sociedad es regulada en última instancia por los flujos de dinero, no puede ser una sociedad libre ni equilibrada. Es una sociedad que obedece a las reglas que disponen los que manejan ese flujo. Cuando el valor social otorgado consuetudinariamente al dinero llega a sobrepasar el asignado a la vida humana, debemos comprender que tenemos un problema social grave y lo tenemos todos. El hecho de que sea más importante el mercado del dinero y las normas que lo sustentan que la aberrante tragedia de miles de millones de seres humanos viviendo en la miseria, da una idea de la magnitud del asunto. Groucho Marx le preguntó una vez a una joven starlette si se acostaría con él por un millón de dólares. La starlette afirmó sin dudarlo que lo haría. Luego le preguntó si lo haría por cinco pavos. Ella, indignada, le preguntó: “Pero, ¿por quién me ha tomado?”
Groucho respondió: “eso ya quedó claro, ahora estamos discutiendo el precio.”
Si el dinero compra una mentira, compra todas. Si compra una vida, compra todas. Como decía un jefe nativo de América, “cuando el hombre blanco haya pescado el último pez, cazado el último animal y talado el último árbol, se dará cuenta de que el dinero no se puede comer”.
Obviamente, el dinero no es un problema, ni una bendición. El dinero es un símbolo aceptado por todos y que –precisamente por ser aceptado por todos- crea una realidad muy sólida. De hecho, es el símbolo más poderoso de cuantos existen. Pero sólo un símbolo. La fe en ese símbolo, la más extendida de cuantas existen en la Tierra, es también la más perniciosa de todas.
La aberración que supone en sí misma la existencia del mercado financiero internacional actual merece ser observada. Un mercado de nada, de símbolos, de cromos, que no sólo no ayuda al crecimiento y desarrollo de los pueblos y a la protección y cuidado de la Naturaleza, sino que los entorpece, limita, esclaviza, mutila y controla de mil modos, mientras habla palabras sin contenido o declaradamente falsas. La gran mayoría de las transacciones financieras que se hacen hoy en día no tienen vínculo alguno con la actividad humana o los recursos naturales. Son creaciones de ingeniería financiera, dinero que sale del dinero: nada. Y ese mercado controla las fuentes reales de recursos y actividad humana, las que son la verdadera riqueza.
Las monstruosas cantidades de recursos que se emplean –por ejemplo- en el mayor de todos los negocios que existen hoy (la guerra) se explican por sí mismas. Una sociedad que halla medios de justificar y arraigar tal aberración, también habla por sí misma. El dinero lo justifica todo. Basta no preguntar para tener la conciencia tranquila, para poder jugar a la bolsa y ganar unos euros para tener otro coche, otra casa, otro lo que sea. ¿Qué más da de donde sale ese dinero?
El dinero se ha convertido en un valor universalmente aceptado y a medida que eso ha ido sucediendo, simultáneamente se ha convertido en un valor sin sustento real. Una invención que se regula según las leyes que los que lo fabrican, impusieron en su momento y siguen imponiendo.
Al separar al símbolo completamente de su sustento de valor real (recordemos que el último paso fue la cancelación de la cotización del dólar en base al oro, en tiempos de Nixon), se abrió la veda de la creación desbocada de cromos. El que más cromos tenga, más de todo podrá comprar.
Y siempre nos olvidamos de que para que haya cromos, alguien los tiene que fabricar. En el caso de Estados Unidos, que ha sido el principal motor de la economía mundial hasta hace poco, lo hace una entidad privada (la Reserva Federal)… y una entidad privada, siempre tiene lucro. En Estados Unidos, eso está protegido por la constitución. ¿Alguien se puede imaginar el lucro de fabricar los dólares para todo el planeta Tierra? ¿Qué se podría comprar con ese beneficio? ¿Un continente? Eso se está haciendo, ahora. Lo llaman crisis.
El dinero no es una buena herramienta para valorar las cosas. Nunca lo fue. Es solo un modo de facilitar el intercambio social y han existido muchos otros. El dinero no ha triunfado por ser un buen modo, sino porque fue el que la cúspide de la pirámide usó para crecer y extender su dominio. Pero si el crecimiento del dinero es inversamente proporcional al de la vida en todas sus formas, como vemos a diario, es obvio que no es un buen sistema para dar el justo valor a las cosas.
El modo occidental de mantener a los individuos en la estructura de la pirámide es –básicamente- a través del dinero y todo lo asociado a él. Cuanto más urbano es el estilo de vida de uno, más aspectos de su vida cotidiana dependen del dinero, por tanto, más depende de la pirámide para vivir. En otras palabras: a mayor aplicación de las leyes del mercado a la vida social, mayor control. Ese control se realiza de facto a través del dinero y de la cuenta bancaria. Desde la regulación de los sueldos mínimos hasta la alianza político-bancaria para acceder a las cuentas de los ciudadanos y paralizarlas; desde el rango de posibilidades de acceso a un sueldo x a la pérdida continua y de facto del poder adquisitivo de las bases de la pirámide… el control social se realiza siempre a través del dinero.
Una de las herramientas de ese control, es la creación manipuladora de un imaginario colectivo consumista, que busca la autosatisfacción en el consumo continuado y compulsivo y sin nunca obtenerla del todo, lo cual garantiza que la adicción funcione y mantenga a los individuos en la rueda de producción-consumo.
La ampliación de la cultura del consumo es la cobertura de la pirámide, la que mantiene la cohesión y la profundiza. La pirámide es la que da el dinero. El dinero mana de la cúspide y es controlado desde allí, de un modo u otro. De hecho, la cúspide de la pirámide tiene que coincidir necesariamente con el mayor poder sobre el dinero existente en el planeta, sea cual sea la forma que este tome (una gran familia, un club selecto, una mafia, una sociedad secreta…). Es obvio que toda la vida social gira hoy en torno al dinero, y el dinero es una simple convención que la cúspide crea y modifica a su antojo, en tanto los demás aceptamos como nos permite nuestra posición, hacia abajo de la gigantesca estructura.
Pero la máquina del dinero también se asienta en los recursos naturales y se alimenta de ellos, lo cual agrava mucho más el problema. Aberraciones como usar enormes extensiones de tierra de cultivo para plantas que generarán combustibles vegetales, en un mundo donde mueren muchos millones de personas de hambre, es un claro ejemplo. La destrucción de ecosistemas genera enormes beneficios en bolsa. Las guerras también. En general, la devastación, sobreexplotación y destrucción de la vida hace crecer la cuenta corriente. Cuando uno es una hojita de ese árbol, ni lo sabe. Pero el tronco del árbol del dinero crece sobre la destrucción de todo lo que de verdad tiene valor en nuestro mundo y en nuestras sociedades e individuos. Del tiempo que tardemos en darnos cuenta de ello, depende nuestra vida y la de nuestros descendientes en los años venideros. La pirámide del dinero es letal para la Vida.
En la vida cotidiana de un ciudadano occidental, sin embargo, donde un concepto como la Vida en la Tierra parece que no tiene mucha cabida, la carrera profesional se convierte -en una inmensa mayoría de casos- en el objetivo primordial, cada vez más. Es decir, subir por los peldaños de la pirámide, para tratar de soportar menos peso y obtener mayores beneficios. Sin embargo, la experiencia muestra que cuanto más se asciende en la pirámide, más preso se está de la estructura. Y el peso se multiplica. Los corazones no lo resisten y una sinfín de enfermedades típicamente occidentales (emocionales, mentales y físicas) se ceban en la población esclava de la pirámide.
Se puede estar en la pirámide sin soportar demasiado peso también, pero a los que trabajan duro por sostenerla les parece muy mal en muchos casos y los que no quieren colaborar, a veces se acaban organizando en guetos, pandillas o razas urbanas. Algunas de estas también son piramidales, el modelo sigue ahí, implantado.
Y también existen individuos libres en la pirámide, aunque no muchos aún. Si fueran muchos, la pirámide se caería por sí sola. Por eso, los que sostienen y defienden la pirámide suelen atacar de muchos modos a los que son libres.
El cuento de la arqueología tradicional sobre las pirámides de Gizeh es muy útil como metáfora: como dicen ellos, para construir una pirámide hacen falta montañas de esclavos. Eso está vigente hoy por hoy.
La pirámide es un modo de organización, como vemos, que reparte injustamente los beneficios de pertenecer a la estructura –en función de la cercanía a la cúspide- y necesita limitar la libertad individual para poder existir.
.opciones.
Arranquemos a nivel individual, pues somos los individuos los que integramos y sostenemos las estructuras sociales. Las potencialidades de evolución y el actual estado global de desarrollo del ser humano, permiten sobradamente comenzar a construir una sociedad no agresiva, colaboradora y no competitiva, integrada por individuos libres y conscientes, responsables de sus actos y de las repercusiones de los mismos, por mucho que ahora esto pueda parecer utopía o desmán. Pues sabemos que cuando el ser humano evoluciona en consciencia, se torna responsable, como decía aquel tipo llamado Osho. Y lo sabemos a ciencia cierta.
Esta condición, cuando se alcanza –y es alcanzable para todo aquel que lo desee de verdad- hace innecesarios los códigos legales, religiosos y políticos, en tanto en cuanto un ser humano en desarrollo equilibrado comprende -de modo natural- el valor de la vida en todas sus formas, más allá de ideas y conceptos. Es preciso comprender donde radica el enlace fehaciente social, el que nos vincula en nuestra vida real. Para alcanzar este grado de consciencia hay un primer y urgente trabajo que hacer y al que animamos con entusiasmo: controlar al propio ego.
Para ello, es útil entender dónde estamos.
La pirámide ha conseguido potenciar el desarrollo de los egos y alimenta su crecimiento cada día a través de los iconos consumistas, de belleza física, triunfo personal y demás. La belleza real del ser humano está siendo mutilada de facto y muchos de los aspectos más hermosos del corazón humano, ridiculizados o puestos en cuestión. La inocencia y la pureza verdaderas caen bajo la lupa de la desconfianza. Un fuerte viento social trata de llevarlo todo a la frivolidad, la autosatisfacción y la competición para triunfar. El triunfo personal sólo es posible en la competición. Es el viento que la cúspide crea y envía para fortalecer la pirámide y ampliarla.
Su poder se sustenta en un lenguaje pseudo-científico, que asegura –por ejemplo- de modo simplista, que la evolución obedece a la competición entre especies y entre individuos. Esta idea se transforma en un “principio personal”, que puede reconocerse de millones de maneras en individuos de la pirámide. Se trata de una distorsión absolutamente no-científica, que no tiene en cuenta lo que en realidad dice la ciencia (y también la observación directa de la realidad): que la misma existencia de la vida es un fenómeno de colaboración e interdependencia, al igual que la historia de la especie humana. Por supuesto que existe competencia, pero no es lo determinante para la evolución. Lo determinante es la ley inexorable de expansión de la vida y esta no es posible sin la colaboración, ni sucede en “sistemas aislados”, como postulan algunos principios de nuestra física académica. Los sistemas aislados no existen. Todo está interconectado y vinculado. La colaboración entre bacterias se halla en el mismo principio que dio origen a la vida pluricelular. La competencia es un mecanismo de comportamiento más, sujeto a equilibrio dentro de la gran colaboración global por la vida.
Así pues, la interdependencia y conexión entre todo lo que existe es obvia y la Naturaleza en su conjunto es el mejor ejemplo, conformado por trillones de modos de colaboración para la vida. La vida avanza gracias a la colaboración, como nuestro organismo funciona gracias a la perfecta y sincronizada colaboración de todos los aspectos de nuestro ser. Salvo casos concretos que tienen objetivos específicos dentro del contexto global, nuestras células no compiten, sino que se ayudan.
Es preciso tomar conciencia de que la continua manipulación consigue adormecer a los seres humanos, creando en nosotros egos desquilibrados que suplantan a la identidad real del individuo desde la niñez más temprana, a través de un largo proceso destinado a romper la unidad y crear la separación del yo por un lado y lo de fuera por el otro. Poco a poco, se va creando y cimentando un mundo ilusorio de pura materia y lógica racional, fundamental para mantener la pirámide. Se ordenan las creencias y se postulan las obligaciones: se crea la identidad. Los seres humanos se olvidan de su verdadera naturaleza y –sometidos por su propio ego enfermo- sostienen con alegría, esfuerzo y entrega, la pirámide que les mantiene esclavos e inconscientes de ese hecho.
Los egos opinan, en lugar de observar y constatar. Fabrican opiniones acerca de todo, opiniones acordes o desacordes, pero dentro de la pirámide. La masa es enseñada a opinar virtualmente, en lugar de a conocer fehacientemente y a eso, se le llama democracia. De ese modo, se crea un campo de confusión muy apto para ser manipulado. El ego construye su identidad en base a sus opiniones y no a lo que realmente conoce, de modo que vincula la defensa de las mismas con la defensa de la propia identidad e integridad. Y lo que llama su integridad es, en realidad, la de su identidad mental.
A las opiniones más esenciales, las llama “principios”. El ser humano se pone un nombre y una etiqueta a sí mismo, una imagen mental de ese ego, perdiendo el contacto real con la maravillosa complejidad de su propio ser y viviendo –cada vez más- toda o la mayoría de su experiencia vital desde esa mente pequeña. El campo para la insatisfacción, la competición y la enfermedad está sembrado.
Todo ello es, en sí, un proceso parasitario de suplantación mental.
El ser humano tiene realmente principios, pero estos se hallan más allá del terreno de las opiniones, del control del ego parasitado. Los principios humanos son esenciales y comunes para toda la especie, tienen una clara correspondencia orgánica o biológica y reflejan principios observables en todo lo que existe a todas las escalas. La sociedad debe basarse en esos principios esenciales de modo fehaciente y virtual, ambos armonizados y coherentes entre sí... (continúa en "la organización humana III")
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