lo que nunca hemos probado



Anteayer recibí un correo electrónico firmado por un conocido escritor español, A. P. Reverte, que tras repasar de un modo amplio y con perspectiva lo que está sucediendo en España (en el contexto de todo lo que está sucediendo en muchos países del “mundo civilizado”) y la absoluta inacción de la ciudadanía (en nuestro caso), preguntaba a los españoles: ¿sois idiotas?

Diría yo que el conciudadano Reverte trata de agitar al personal y expresar su profunda estupefacción, que comparto sin duda. Pues algunos lo sabían más y otros menos, pero ahora tenemos múltiples corroboraciones que apuntan a un hecho último ciertamente escalofriante: que el sistema occidental de organización social, económica y política es una gran farsa, una gran estafa y un nido de corrupción endémica, salvo gloriosas excepciones. En realidad, nunca hemos dejado de vivir en un mundo donde unos pocos abusan sistemáticamente y en muy diferentes grados del resto. Y el que no se haga nada cuando esto llega a resultar obvio y sangrante, realmente llama al desconcierto. Aunque desde mi humilde visión, no estoy seguro de que esa inacción sea algo incorrecto…

¿De dónde venimos y dónde estamos? Si miramos nuestra historia europea común con claridad y sin tomar partidos, podremos recabar información valiosa. Desde mi punto de vista, se puede expresar de un modo simple: siguiendo el esquema del procedimiento mafioso, que consiste en crear una situación de terror para luego ofrecer protección a cambio de esclavitud de algún tipo, nuestra historia occidental ha forjado unos imperios de uso y corte mafioso de tal magnitud, que hemos crecido dentro de ellos y les llamamos estado, iglesia o monarquía. Su estabilidad se ha basado en la desinformación, la deformación, la mentira y el control por medio de la violencia y la manipulación, de modo sistemático y secular. El pulso entre el pueblo llano y los poderosos lleva manteniéndose activo desde hace mucho, mucho tiempo.

¿Qué formas adopta esa manipulación controladora, consciente y malintencionada hoy en día? Innumerables, que van desde la creación de un mundo virtual de necesidades ficticias –el consumismo en nombre del progreso y el bienestar- a la inserción de ideas y paradigmas en el cuerpo social, ideas diseñadas y diseminadas desde instancias académicas, divulgadoras y científicas clientelistas, en función del objetivo a alcanzar. Un claro ejemplo, es la convicción existente en muchos individuos de que el ser humano es destructivo, competitivo y codicioso por naturaleza (y por tanto se trata de algo irremediable, por lo que sálvese quién pueda), lo cual es una manipulación colosal y muy perniciosa. Si encontramos estos comportamientos con cada vez mayor frecuencia dentro y fuera de nosotros, es porque todo está diseñado para que así sea. Desde la educación en la competitividad más salvaje, hasta los mitos y modelos que los medios de comunicación ofrecen para ser imitados y admirados a gran escala: deportistas, modelos, actores y actrices, estrellas del pop rock… siempre el éxito equivale a triunfo en la competencia que trae aparejado dinero, belleza física, lujo y poder mediático… y montones de juguetes rotos en el camino.

Tal vez no estaría de más reflexionar acerca de cual es la contribución real a la sociedad en su conjunto de todas esas personas señaladas como ídolos y lo que reciben como pago  en proporción. La cuestión no es ya que un concejal de festejos de tercera gane más que un cirujano, sino el destino y razón de los más importantes movimientos de capital a escala internacional. Y entre los primeros puestos, tenemos el comercio y fabricación masiva de armamento, el tráfico de drogas, el comercio con seres humanos y otras lindezas. Es lógico. Si lo que nos mueve es el crecimiento del beneficio económico, es lógico que el gran capital vaya adonde más rentabilidad financiera hay.

Para poder mover los grandes capitales con soltura en una sociedad supuestamente libre, se recurre a la manipulación de la opinión pública.

Desde el trabajo impagable de Edward Bernays (el mozo que creó las Relaciones Públicas en los años 20 del siglo XX y cuyo trabajo sobre la fuerza de la opinión pública le hace ser una de las personas más influyentes del siglo pasado, según la revista Time), se sabe que si uno desea conseguir algo a escala masiva, debe tener a la opinión pública a su favor. Goebbels (por ejemplo) lo comprendió muy bien y desarrolló la propaganda nazi. También varios presidentes estadounidenses, banqueros y empresarios de muchos países tuvieron el acierto de contratar los servicios del señor Bernays (sobrino de Freud, por cierto), en los primeros pasos de las sociedades modernas como sociedades de opinión pública controlada. La misma publicidad masiva de hoy en día parte de las mismas premisas. Y si bien a escala individual todos sabemos que uno no es tan fácil de manipular si permanece despierto y atento, también observamos que la masa social sí es fácil de manejar. Y la masa arrastra a muchos individuos reticentes por contagio emocional.

Obviamente, en un país donde existen unos gravísimos problemas de garantías e independencia del abastecimiento energético, degradación medioambiental, fragilidad del tejido productivo a medio-largo plazo, tasas de desempleo inauditas, excesiva dependencia del capital exterior, corrupción generalizada, duplicación de instituciones e instancias burocráticas, clientelismo político, laboral y económico, deterioro de la convivencia pacífica, distanciamiento progresivo entre las clases pudientes y los demás, desastre educativo, pérdida real del poder adquisitivo de las clases baja y media y un largo etcétera, como es España, no cabe seguir tirando balones fuera y creando cortinas de humo fútiles, de la que un excelente ejemplo es la nueva ley del tabaco. Ni esconder la situación real detrás de cifras macroeconómicas, soluciones inverosímiles (como la reducción de la velocidad punta en las autopistas) y demás. Y no existe razón alguna de peso para confiar en que cualquier otro partido de los que hay hoy por hoy, vaya a hacerlo mejor.

La estadística es otra gran forma de manipulación masiva. El que estadísticamente diez personas tengan cinco pollos no significa –ni mucho menos- que cada una tenga medio pollo. En la lógica de nuestra sociedad, significa que uno tiene todos los pollos y los otros trabajan toda su vida para recibir un muslo.

Sin embargo, todas las decisiones se toman en función de números que -en esencia- vienen siendo lo mismo que el ejemplo de los pollos. La demostración de esto que digo se ve a diario, pero un caso muy claro es que –por ejemplo- en plena crisis el año pasado, varios bancos arrojaron un dividendo espectacular, creciendo en margen de beneficio. La industria del lujo crece espectacularmente en estos últimos años de crisis y aumenta el número de millonarios tanto como el de personas que caen en la escasez. Es decir: el dinero no se ha volatilizado. Sólo ha cambiado de manos. El dinero que antes era de la ciudadanía, ahora es de unos pocos gracias a la “rápida intervención” de todos los gobiernos de nuestra “súper euro-zona”. Y esto, tampoco es nuevo.

Todo viene de las presiones del mercado, nos aseguran, ese mercado libre sustentado en tantos trabajos de tantos economistas, pero que no es tan libre. En un sistema social y económico equilibrado y de sentido común, la presión de un mercado (es decir, los intereses económicos de un puñado de ricos muy ricos que quieren que se les pague lo que han prestado con unos intereses aberrantes, a través de las instituciones y entidades públicas y privadas que controlan y gestionan) no puede crecer hasta poner en jaque a la actividad económica cotidiana de millones y millones de ciudadanos.

Pero mientras sigamos creyendo en la lógica del “libre mercado”, seguiremos consintiendo todo esto. Un país donde la gente trabaja todos los días, cae en bancarrota o cerca de ella… ¿por qué? Esa es la pregunta adecuada. Estamos pagando muy bien a nuestros gestores, deberían dar explicaciones exhaustivas y proporcionar toda la información disponible a la ciudadanía, para que sepamos qué ha pasado con nuestro dinero y por qué, tras entregar cantidades astronómicas para salvar el desastre ocasionado por ineptos o criminales (sólo hay dos opciones), los susodichos no sólo no son llamados a rendir cuentas de las consecuencias de sus actos, sino que nos siguen apretando.

En la manipulada lógica del “libre mercado”, si no eres rentable o generas rentabilidad, no vales nada. En Estados Unidos lo saben muy bien muchos, cuando se ponen enfermos y no pueden costear ni el tratamiento puntual ni el seguro privado, así que quedan a su suerte. Esa es la pura lógica de eso que llaman “libre mercado” y que no es tal. Por eso es tan deficiente, en tantos países ricos carentes de la vocación verdadera de cuidar de las personas, la atención y cuidado de los muchos que no pueden producir nada (ni tienen por qué), tales como los enfermos mentales, crónicos o la mayoría de los ancianos. La lógica del libre mercado no contempla el cuidar adecuadamente de todas esas personas y hacerlo por la única y suficiente razón de que lo necesitan. No es rentable, a pesar de que cuidar de los que lo necesitan es lo natural (e ideal) en los seres humanos.

En la lógica del servicio privado, accedes a lo que puedes pagar y no a lo que realmente necesitas. Y se da el caso de que la enfermedad mental o crónica no elige siempre a los que podrían pagarse la atención. De hecho, es más bien al revés. Existen numerosos estudios que demuestran la estrecha correlación existente entre la perversidad de usos y valores de nuestro complejo sistema social y las enfermedades mentales, los comportamientos violentos de todo tipo y las adicciones. Cuanto más nos adentramos en este sistema, más crece todo ello. Y en cuanto a los ancianos… invito a cualquiera a visitar una residencia de ancianos “asequible”, y que se pregunte si es así como desea ser tratado por su sociedad cuando, tras entregar toda su fuerza de trabajo, tiempo, creatividad, energía y vida, llegue el momento de recibir los merecidos cuidados... No es rentable y para que lo sea en un nivel digno de calidad de atención y bienestar, hay que pagar una enormidad que la mayoría –simplemente- no tiene.

Por su parte, los señores se siguen declarando la guerra entre ellos como antaño, llevados por sus propios intereses particulares, y el pueblo sigue acudiendo a defender –matando y muriendo sin razón real que a uno le competa- esos intereses ajenos. Eso no ha cambiado. El pueblo en su conjunto parece seguir creyendo que vivimos en una sociedad donde –salvo casos de canallas y sinvergüenzas- los gobernantes y próceres hacen lo que pueden por mejorar las cosas, dentro del mejor de los sistemas posibles y en esto, que tampoco ha cambiado, está el gran dilema. Para empezar, las excepciones no son los canallas y sinvergüenzas, sino los que de verdad se preocupan por hacer las cosas bien para todas las personas (y felizmente los hay y no pocos).

Pero es esa creencia la verdadera piedra de toque del sistema: la buena fe de las gentes. La polución informativa y propagandística cumple la función de intoxicar el criterio individual y desviar la atención a toda hora, de preferencia hacia cuestiones baladíes infladas artificiosamente. Gracias a ello, la creencia permanece gracias a la buena fe y sobre esa creencia, se asienta el sistema desequilibrado, corrupto y destructivo que sostenemos entre todos.

Se habla mucho y se debe seguir hablando de la responsabilidad que cada uno tenemos en todo esto. Muchas veces nuestra codicia expresa la codicia del sistema, pero la justificamos diciendo que la nuestra no hace daño o que tiene una razón de peso. La codicia es codicia grande o pequeña, con o sin razones, como la violencia es violencia, venga de donde venga y por las razones que venga. Nuestros señores nos educaron con historias de héroes de batallas y grandes conquistadores: codiciosos asesinos en serie elevados a la categoría de padres de la patria. Sólo hay que entrar un poquito en la trama oculta de la historia, para ver rápidamente la verdadera razón de todas las guerras: el inseparable binomio poder-riqueza.

Es una saludable actividad tratar de contemplar el dibujo histórico completo, para comprender bien. Cuando un señor - rey - presidente - líder religioso envía o insta a enviar tropas a una guerra (siempre por un motivo justísimo y necesarísimo, ya se encargan de convencerte de que es así… o te obligan a luchar te pongas como te pongas), necesita dinero para pagar todos los gastos. No pocos casos se han dado de países que han perdido una guerra por no contar con el suficiente apoyo económico. Todo se hace con dinero, desde hace mucho, mucho tiempo. Y si se realiza la enorme inversión que supone una guerra, es porque se espera recuperarla con creces. ¿Y quién ha guardado, manejado y prestado secularmente el dinero en nuestra civilización occidental? Claro, los banqueros y prestamistas.

Si nos informamos, sabremos que el mismo banquero –por poner un ejemplo muy simbólico- sufragó los gastos de los ejércitos de Napoleón y Wellington cuando contendieron en la batalla de Waterloo, sufragó a los dos, instaurando un uso que se ha extendido notoriamente en el planeta desde entonces. Gracias a ello, contó con una información privilegiada que le permitió maniobrar ladinamente hasta hacerse con el control del banco de Inglaterra y la joven Bolsa de Londres. Un banquero que –según he leído- debía su gran fortuna a los favores del Vaticano. Su apellido era Rotschild. Si en una situación de conflicto, ves que alguno de los actores involucrados ganará pase lo que pase, ese es el verdadero causante del conflicto.

Como ejemplo más reciente del que dispongo de datos, nos puede valer el respaldo económico de la rica familia de los Bush al movimiento nazi en la Alemania entre guerras (de lo que salió mucho más rica, claro). La creación del gigante químico IG Farben, por ejemplo, fue auspiciada económicamente por dicha familia y otros inversores (como Rockefeller). Ese gigante de la química legó a la humanidad –por ejemplo- la creación del gas mortífero empleado en las cámaras de exterminio. Un buen negocio. IG Farben no desapareció tras la guerra, sino que fue desmembrada. Empresas como AGFA (fotografía), Bayer (farmacéutica) y BASF (petroquímica) son el legado de aquella creación. El manejo de los grandes capitales de dinero no conoce ideologías, ni bandos, ni escrúpulo alguno. Y eso tampoco ha cambiado.

Las ideologías, bandos y creencias son todas herramientas para esconder el movimiento real del poder. Todo lo que nos separa y nos enfrenta, es útil para mantenernos controlados.

Es preciso abrir los ojos, mirar con claridad de criterio alrededor y extraer consecuencias de lo que vemos a diario. Lo usos sociales son cada vez más inhumanos y despiadados en todo el planeta, en tanto en Occidente nuestros próceres nos dicen que trabajan por nuestro bienestar, prestando juramentos, haciendo declaraciones y montando parafernalias políticas, económicas, fundaciones y ONG’s, pero los resultados de la acción conjunta de los poderes fácticos reales y la connivencia general de una sociedad dormida, se empeñan en testimoniar lo contrario con terquedad.

No se diría que caminamos hacia una sociedad justa, igualitaria, equilibrada, armónica, sostenible, responsable, evolucionada, formada y de bienestar para todos, ni muchísimo menos. Se ve a simple vista que caminamos hacia una sociedad policial, aterrorizada, esclavizada a través del complejo sistema financiero y legal de control del dinero, alienante, alejada de la naturaleza, de valores superficiales, perniciosos y ambiguos y tremendamente desigual y desequilibrada, que alimenta los egos personales con determinación obsesiva y que muestra comportamientos psicopáticos que se reflejan en la violencia generalizada en todas sus formas, el derroche sin límites junto a la carestía más absoluta, el desastre medioambiental, la pérdida de valores humanos reales, la desconfianza (consecuencia lógica de la competencia feroz) y demás.

Por tanto, hay una enorme contradicción detrás de todo el discurso establecido académica, mediática y socialmente como políticamente correcto. Y da qué pensar, que lo políticamente correcto sea un código ambiguo y falseador, pues un código así es el caldo de cultivo perfecto para esconder la verdad y ejercer una descarada hipocresía homologada. Y esa ambigüedad es claramente perceptible en el ámbito financiero y empresarial, o en el legal. La complejidad de cifras, datos, conceptos y vocablos; los marasmos gramaticales propios del mundo del derecho y la política… son todas cortinas que esconden una realidad simple y escalofriante, si se mira bien: como en los casinos, la banca nunca pierde.

Sabemos, por observación de la realidad, que la justicia no es igual con los que tienen mucho dinero-poder, en una sociedad donde el dinero ya lo compra todo y donde se premian los modos sofisticados de robo a gran escala, como ya hemos visto en el caso de la “crisis”. Sabemos que el poder político –en muchos países de nuestro entorno y el nuestro incluido- está en manos de un grupo de partidos que se turnan el poder, sin que sepamos quien está detrás de esos partidos en realidad en muchas ocasiones. No son organizaciones verdaderamente democráticas (¿cómo va a ser democrático que tengas obligación de votar en el Congreso lo que diga tu partido?), ni representan al pueblo de modo alguno (¿cómo van a representarnos una serie de nombres que ni sabemos quiénes son en su inmensa mayoría y que están sujetos a lo que diga el jefe?).

Sí sabemos que una serie de personas se mantienen en sus puestos de poder pase quien pase por los gobiernos, públicamente o en la sombra.

La pasión por el fútbol es reflejo exacto del comportamiento político de nuestra sociedad. Al pueblo se le conduce a apoyar sus colores ciegamente y con pasión, a identificarse con ellos, en lugar de reflexionar y comprender las verdaderas necesidades de nuestra sociedad y el verdadero mecanismo de la partitocracia oligárquica que hoy padecemos.

Para entender el verdadero mecanismo de las sociedades, tenemos que mirar a quienes por muchos siglos han estado en la posición más alta del poder, intocables. Hay que mirar a las personas y las familias, no a los estados, cargos o instituciones tras los que se enmascaran en marañas sin fin de estados, instituciones, sociedades, empresas y demás. Tenemos aquí a familias reales y nobles, a grandes banqueros de larga tradición y a los propietarios de grandes fortunas que –a través de los siglos- sólo han crecido y crecido, creando nuevas fortunas a su alrededor en un estrecho y elitista círculo que controla los grandes resortes económicos, ideológicos, políticos y sociales. Hay familias que son poderosas desde los tiempos del Imperio Romano, algunas incluso desde el Antiguo Egipto. Son familias de tan ilustre prosapia que a veces sabemos de ellas por libros como la Biblia. Si dejamos de mirarlo como un libro sagrado (se crea que lo es o no) y lo miramos como un libro de registro histórico y lo cotejamos con otros libros y compilaciones de conocimiento de la Antigüedad, comprenderemos muchas cosas.

Un claro ejemplo de esto es un curioso dato: la práctica totalidad de los presidentes que ha tenido Estados Unidos están emparentados con la realeza europea. En España no hace falta algo así, ya tenemos a los propios reyes.

Si rastreamos la familia de los Borbones, llegamos hasta un antepasado muy lejano en el tiempo: Hugo Capeto, allá por los finales del siglo… X. Sus descendientes han sido nobles, reyes y hasta emperadores desde entonces e incluso ya lo eran antes, si bien no quedan demasiados rastros históricos -disponibles públicamente- de antes del tal Hugo Capeto. Su prosapia, la casa de Francia, emparentó con todas las casas reales europeas (que no son tantas familias), de modo que hoy día todas las casas reales europeas son parientes. Es decir, son la gran familia dueña del cortijo desde hace muchos cientos de años. Sí, hay reyes en el exilio, pero no dejan de ser parte de la familia, por lo que igualmente tienen acceso al poder más eficaz: el económico. Este tipo de comportamiento de clan siempre ha caracterizado a las familias poderosas.

Rastreando se llega a ver las conexiones, como las antes apuntadas a modo de ejemplo.

Existe un círculo elitista que siempre se las ha arreglado para gobernar –en la sombra o públicamente- a través del tiempo. Este privado círculo de grandes casas familiares siempre ha ocupado los sillones importantes, incluyendo el papado del todopoderoso Vaticano, peleando fieramente por hacerse con el puesto más poderoso de Occidente durante muchos siglos. Para comprender el poder del Vaticano hay que mirar su entramado económico históricamente y el legado que hoy en día supone: posiblemente la mayor fortuna de la Tierra, poseída a través de un intrincadísimo entramado de titularidades ramificadas y asentadas a través de los siglos. El Papa fue durante toda la etapa de forja de los estados europeos actuales, el rey de reyes, el que nombraba y destronaba reyes y emperadores, al que todos rendían pleitesía. Eso todavía no ha acabado, sólo se sigue haciendo en la sombra.

Ese poder es muy antiguo y sin duda debe tener una raíz –aparte de la económica- que desconocemos. En una historia repleta de muertes, traiciones, ambición desmedida de poder y riqueza, cruentas guerras y violencia durante siglos y siglos (la gloriosa historia europea), donde lo que el pueblo llano tenía que creer y pensar fue siempre decidido por los poderosos -o enfrentar la muerte, la tortura y demás- algo tenía que hacerse respetar entre el grupo ávido de poder y sin escrúpulos que formaban los que llamamos reyes, nobles y notables de todo rango. Algo más fuerte que una creencia religiosa, la cual ellos mismos decidían cómo iba a ser. Todo esto es una simple deducción lógica de lo que veo y de los datos que poseo. Sin duda, el Vaticano es el Padrino de la Gran Mafia, un padrino ciertamente longevo.

El mundo no se puede deshumanizar si permanecemos cada uno fieles a nuestra propia y genuina humanidad. Cada uno debe mirar su propio ojo antes de lanzarse sobre el ajeno y asegurarse de hacer sus propias tareas. Sólo así, podremos entender en toda su profundidad lo que significa el Respeto. El respeto no es la auto-represión educada y civilizada de un instinto destructor o un desprecio íntimo, sino la profunda comprensión del valor único de aquello que tenemos enfrente y la actuación coherente con ello.

Las guerras no pueden prosperar si los soldados se niegan a pelear. Esto es obvio. Y merece ser recordado. Y todos tenemos el derecho inalienable de conciencia de rechazar matar o ejercer ningún tipo de violencia. Si deseamos –de nuevo- que la violencia se desvanezca, hay que erradicarla de uno mismo en pensamientos y actos, día a día. Y comprender que –a veces- hablamos de paz y la defendemos con violencia. Eso es lo que se hace a escala internacional –las “misiones de paz”- y bien se ve que es un contrasentido. Primero se crea un conflicto y luego se manda una misión de paz armada hasta los dientes.

Como decía Gandhi, seamos cada uno el mundo en el que queremos vivir.

Las normas injustas y estúpidas prosperarán y vendrán una tras otra, si simplemente seguimos actuando como si no las hubieran promulgado y acatamos una y otra vez, sin preguntarnos ni cuestionar nada. Hemos de tomar conciencia plena de la verdad detrás de la cortina y nadie puede ni debe convencernos. Cada uno debe hacerlo por sí mismo. Ser consciente lo cambia todo y principalmente, el modo de actuar frente a un desafío. Y no es lo mismo tratar de convencer a otros de algo, que tratar de manifestar con claridad y honestidad la propia visión de uno, con un único objetivo de aportación al colectivo. Aquí radica la clave para desenmascarar la manipulación.

Al margen de lo que se diga, simule y aparente, el mundo que resulta de la gestión de los que realmente toman las grandes decisiones es –simplemente- hipócrita y desalmado. Ante ello, podemos hacer cosas (¡muchas!) pero también procede entender quién hace qué y cuál es la responsabilidad que conlleva cada acción. Por ejemplo, un consumidor comprometido puede hacerse responsable de reciclar las bandejitas de pórex del súper o no comprar alimentos envasados con ellas, pero no puede hacerse responsable del fútil derroche medioambiental y energético que supone la introducción en el mercado de consumo masivo de dichas bandejitas, para obtener a cambio comodidad (cliente) y beneficio económico (empresas), en el contexto de la libre competencia en el mercado.

Para solucionar un problema que previamente se ha creado de la nada, los gobiernos –en lugar de prohibir la proliferación de artículos de envases altamente contaminantes, no biodegradables y de superflua importancia, atajando el problema de raíz- crea la industria del reciclaje. Como cualquier industria, la del reciclaje es igualmente contaminante y consume unos recursos preciosos. Ese ejemplo es extensible a todas las escalas.

Nos dicen que crean puestos de trabajo, pero no es verdad. De hecho, los destruyen. Es una tendencia imparable y más vale que nos vayamos haciendo a la idea. Además, deberíamos comenzar a pensar que no se trata de un puesto de trabajo, el que sea, sino del puesto de trabajo de calidad y con un sentido dentro del tejido productivo social global.

Para que el capitalismo neoliberal este (o como se llame) sobreviva, sobra mucha gente en el planeta, lo cual ya explicó al detalle y con números y datos reales, por ejemplo, Susan George en su libro “El informe Lugano”, hace un par de décadas o así. Lo más caro, costoso e inestable del sistema basado en el crecimiento de la rentabilidad y el lucro económico es la mano de obra (eso lo sabe todo empresario). Hay que alimentarla, educarla, proveer sus necesidades, aguantar sus altibajos, sostenerla cada mes financieramente… las máquinas son mucho más rentables. O los esclavos. Si lo que persigues es el crecimiento del beneficio económico, lo que tan bien visto está en nuestras sociedades, ello infiere que siempre tenderás a ampliar el rendimiento del capital invertido y la rentabilidad de la actividad económica. Por tanto, tus decisiones irán enfocadas en que la diferencia final entre gastos e ingresos crezca continuamente a tu favor. Así, se habla de cifras macroeconómicas siempre en estos términos… pero los recursos no crecen ilimitadamente. Todo lo que existe tiene ciclos de expansión y de contracción, que acaban invariablemente en la muerte y consiguiente transformación en algo nuevo. Por ello, la mera idea de crecimiento ilimitado del beneficio es irreal y nos está costando demasiado.

Por otra parte y desde un punto de vista realmente humano, es aberrante que las necesidades básicas humanas y el indispensable cuidado que una sociedad realmente evolucionada debe prodigar a todos y cada uno de sus integrantes, más allá de cualquier ideología o credo, se hayan sometido a la ley de la rentabilidad comercial y la economía del libre mercado. Por eso, no sólo no está remitiendo la explotación de mano de obra, esclavitud, pobreza y miseria en el planeta (incluido nuestro país a nuestra escala local), sino que crece vertiginosamente. 

En las últimas décadas, se ha multiplicado exponencialmente el mercado de activos financieros, que no es otra cosa que dinero que sale del dinero, es decir: nada. El dinero sólo tiene el valor que todos acordamos darle, de común acuerdo. Es un mero símbolo. Sin embargo, la sociedad ha llegado al punto de asignar un precio dinerario a todo –incluida la vida humana, de ahí el sempiterno y macabro mercado de esclavos que sigue boyante y los más recientes de contrabando de niños para adopción y órganos para transplantes- y todo lo hemos sometido a las leyes del comercio. Leyes que, en una sociedad equilibrada, no debieran ser más que el conjunto de las reglas del juego del intercambio de la actividad productiva y creadora humana. Al someter lo que nunca puede tener precio al código del dinero, estamos entregando el poder a aquellos que hacen dinero de la nada, con lo que se convierten en los dueños de lo que sí es real: los recursos, los medios de producción, la vida y la dignidad de miles de millones de seres humanos y la vida salvaje y natural.

Cuando la acción política y económica de gobiernos, instituciones financieras y empresas se dirige a la “libre competencia”, se está dirigiendo a una lógica destructiva e injusta por definición. Cuando se trata de construir una sociedad armónica y equilibrada que cuide de todos sus integrantes sin excepción,  es obvio que la competición destruirá ese equilibrio, a favor del beneficio del vencedor o vencedores de la competición. Existen numerosos estudios que demuestran que el potencial creativo humano se desarrolla mucho más y mejor en un ambiente de colaboración e interdependencia igualitaria que en uno de competencia y jerarquías de mando, por más que los valores imperantes hoy se empeñen en decir lo contrario. Y además, es algo que puede comprobar uno por sí mismo.

¿Qué hacemos? Ya hay voces que claman a la movilización. La gigantesca pantomima de la crisis está asomando y cada vez más amplias capas de la sociedad comprenden lo que está sucediendo realmente: nos están robando. Gobiernos, instituciones financieras, gestores del mercado, empresas de rating, asesores de inversión… han creado una crisis, nos han saqueado para “reflotar y salvar el tejido económico”, han repartido dividendos, los han proclamado a bombo y platillo y han seguido pidiendo y obligando a presionar a la clase media y baja. Los índices de pobreza y corrupción se disparan en Occidente, a pesar de todo nuestro conocimiento, tecnología, trabajo y desarrollo. Así sucede en el resto del “mundo civilizado”. Sociedades como la griega, tunecina o islandesa se levantan, cada una a su modo.

Cuando una sociedad se enfada, es para asustarse. Pero hay personas que saben como manejar a un bicho asustado, por muy peligroso que sea. Y cuando uno está asustado, no piensa con claridad, por lo que es altamente manipulable.

Lo que nunca hemos probado como sociedad –hasta donde yo sé- es a no enfadarnos ni asustarnos, sino ejercer nuestro poder legítimo soberano e individual, desde la serenidad consciente y madura como colectivo, sin aspavientos, de modo claro y definitivo.

Para hacer esto, sólo tenemos que comprender lo que está pasando y actuar en consecuencia, cada uno en nuestro pequeño mundo. Lo único que nos puede salvar como colectivo, es madurar. Y eso sólo puede suceder asumiéndonos como somos, aceptándonos en la diversidad y respetándonos de verdad. La maduración es la única salida y ella exige una profunda revisión –individuo a individuo- de la propia implicación en la propia maduración personal. La situación social se irá poniendo más y más agresiva, en función del grado de adormecimiento de los individuos.

Las soluciones han de provenir de un avance en el nivel de conciencia de la población, individuo a individuo, un nivel de conciencia que permita al individuo ver, pensar y comprender con claridad y actuar consecuentemente, con serenidad y determinación. Y para ello, es fundamental el acceso a toda la información disponible y relevante, transmitida sin ambigüedad, para poder extraer conclusiones propias. La manipulación sólo es posible a través de la desinformación o de la intoxicación informativa (información fútil de contenido y excesiva).

Sí, hay que decirles a los pollos de los muchos gobiernos que hoy tenemos, instituciones, grandes fortunas y a todas esas “personas” que se empeñan en que el mundo se haga a su estúpida y destructiva manera, que hay que parar esta locura ya. Es más que democracia, economía, política, derechos o puestos de trabajo, mucho más que eso. Es trabajar urgentemente en cambiar un modelo de sociedad psicópata y altamente tóxico que anula los más útiles y valiosos valores humanos (creatividad, confianza, colaboración, honestidad…), destruye con saña el único medio ambiente con que contamos para sobrevivir como especie, dibuja el escenario de valores perfecto para la manipulación de la masa por parte de unos pocos y fomenta un elevado índice de violencia mental y física. Hay que decirles que les vemos el plumero, el careto y el culo… pero ¿cómo? Bastaría un pequeño gesto compartido por muchos, visible, claro y rotundo. La oposición pacífica, serena y firme es algo posible y lo sabemos desde Gandhi. Y sabemos más cosas.

Bután. La Felicidad Interior Bruta.

Según la wikipedia, a partir de la década de los 90 la política de gobierno en ese pequeño y desconocido país asiático se fundamenta en cuatro pilares básicos: buen gobierno, preservación cultural, conservación del medioambiente y desarrollo socioeconómico equitativo. La filosofía budista define la felicidad como un bienestar que brota de la unión física y espiritual. Así pues, el primer objetivo de la actividad económica es en Bután intensificar el bienestar humano, no sólo la adquisición de bienes materiales. La persecución de riquezas materiales y no materiales confluye en los Planes de Desarrollo bajo la etiqueta de Gross National Happiness (Felicidad Interior Bruta).

Inspirador, ¿no?

Esto que llamamos España (y que vaya usted a saber lo que es hoy por hoy), es un lugar extraordinario lleno de gente maravillosamente creativa, apasionada, amistosa, honrada y cálida, nacida aquí o llegada de todos los rincones del planeta… y si no lo es, lo podría ser fácilmente. No importa cómo se llame, si España o Cataluña o Euskal Herria o Iberia. Lo que importa, es que los que aquí vivimos maduremos y aprendamos a convivir y a poner en su sitio a los que han de ser nuestros servidores como pueblo y no nuestros jefes. Yo no quiero un jefe de Estado, de Gobierno o de Casa Consistorial. Yo quiero un servidor máximo en cada caso y si eso no es posible, que deje el puesto a otro inmediatamente.

Pero para eso, hay que formarse y dejar de creer que lo sabe uno todo. Dejar de creer para permitirle un lugar al saber. Dicen bien, que los pueblos tenemos los gobernantes que nos merecemos. Si queremos otros gobernantes, tenemos que conseguir merecerlos. Tenemos que crecer y madurar como pueblo, tenemos que ser capaces de mirarnos al espejo sin falsedad y ver la verdad que nos muestra. Aceptar nuestros graves errores, potenciar nuestros grandes aciertos y colocar por encima de todo, el valor de una convivencia feliz, pacífica y sin escasez de ningún tipo para todos, aunque eso suponga que algunos reduzcan sus increíblemente desproporcionados privilegios.

Hoy ya no haría falta la pantomima de las elecciones, en la sociedad de la información. Bastaría un sistema informático diseñado para garantizar que cada uno manifieste su opinión vinculante y real acerca de cada cuestión que nos atañe, un sistema que fuera seguro y leal. No habría que manifestarse, ni que discutir pamplinas en los medios de comunicación. Hay tecnología y capacidad de organización para que los ciudadanos nos formemos adecuadamente, decidamos los asuntos que nos competen y que esa voluntad fluya y se transforme en actos. Los gobiernos pasarían a ser los verdaderos gestores de la voluntad del pueblo, tal y como una democracia se supone que debe ser.

Lo que es verdaderamente necesario y urgente, desde mi humilde punto de vista y para concluir, es un cambio de paradigma a escala global, un cambio que ya se está produciendo. Dejar de mirar los beneficios económicos y pasar a enfocar los beneficios reales y equilibrados para todos y para todo lo que existe. Ahora ya sabemos como hacerlo, la Humanidad ya cuenta con el conocimiento necesario para ello. Sólo hay que ponerlo en práctica.